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This content is provided by the WHO Collaborating Center in Supportive Cancer Care, Pain Research Group, The University of Texas M. D. Anderson Cancer Center. |
El ejercicio es importante para el tratamiento del dolor subagudo y crónico, pues fortalece músculos débiles, moviliza articulaciones rígidas, ayuda a recuperar la coordinación y el balance, aumenta el bienestar del paciente y provee acondicionamiento cardiovascular (Vasudevan, Hegmann, Moore, et al., 1992). Barbour, McGuirey Kirchhoff (1986) encontraron que algunos pacientes utilizan el cambio postural o el ejercicio como una estrategia para el alivio del dolor. En aquellos que utilizaron estas estrategias, el 86 % reportó alivio del dolor con el cambio postural y el 25% reportó alivio del dolor después del ejercicio. Los pacientes deben ser estimulados a mantenerse activos y a participar en el autocuidado en la medida de lo posible. (Kohl, LaPorte y Blair, 1988; Kovar, Allegrante, MacKenzie, et al., 1992; Powell, Thompson, Caspersen, et al., 1987; Siscovick, LaPorte y Newman, 1985).
Cuando para los pacientes es imposible mantener la funcionalidad, se debe enseñar a las familias una rutina sencilla de ejercicios de movilización y masajes para minimizar las molestias y preservar la longitud del músculo y la función articular durante los períodos de inmovilidad (Kisner y Colby, 1985). Los ejercicios pasivos no se deben ejecutar si aumentan la intensidad del dolor.
Durante los periodos de dolor agudo, el ejercicio debe limitarse al rango de movilidad tolerado por el paciente. (Lee, Itoh, Yang, et al., 1990). Todas las formas de ejercicio que involucran pesas deben evitarse cuando existe el riesgo de fractura patológica por invasión tumoral.
El cambio de posición es otro método sencillo para proveer bienestar y prevenir o aliviar el dolor. Los clínicos deben asegurarse que los pacientes que permanecen acostados estén en posición correcta de acuerdo con la alineación corporal, que los pacientes cambien de posición, que las condiciones de la piel sean vigiladas frecuentemente, y que se implementen ejercicios de movilidad. Los clínicos deben educar al personal auxiliar y a los familiares de manera que puedan proveer ejercicios de movilidad y colocar al paciente en posiciones correctas.
La inmovilización y la restricción del movimiento se utilizan en algunas ocasiones para manejar episodios de dolor agudo y para estabilizar fracturas o articulaciones. Cuando se requiere inmovilidad, se pueden utilizar férulas para mantener la alineación corporal adecuada. Las articulaciones no deben mantenerse en máxima extensión, su posición debe ser funcional (p. e. muñeca a 30° de dorsiflexión con el pulgar opuesto a los dedos, tobillo a 90° de flexión con 5° a 10° de flexión a la rodilla, etc.) para permitir la máxima funcionalidad después del periodo de inmovilización (Lee, Itoh, Yang et al., 1990). En pacientes con metástasis óseas, puede ser necesaria la inmovilización para evitar fracturas. Los pacientes y sus familiares deben ser educados en la utilización correcta de los aparatos ortopédicos y en la prevención de torsiones durante los cambios posturales. En lo posible debe evitarse la inmovilización prolongada, para prevenir contracturas articulares, atrofia muscular, desacondicionamiento cardiovascular y otros efectos no deseados.